El conocimiento teatral puede estudiarse, enseñarse incluso, puede haber escuelas, planes, enfoques y proyectos. Pero la transmisión de un saber, y de un saber hacer como en el caso del teatro, se produce en una situación de encuentro, donde un modo de transferir permite una entrega que se acepta porque es un llamado que no hay cómo desoír. Es decir, en una tradición. Sea la que sea. Como se dice en el truco saber mata conocimiento. Porque lo redobla, porque tiene ese plus que ningún instituto, ninguna universidad de arte puede garantizar. No se reniega de la formación universitaria, al contrario, hay que valerse de ella, pero no hay cómo pedirle al discurso universitario que se haga cargo de la formación de artistas. Uno se hace artista gracias a otras circunstancias y a pesar de ellas también. Es siempre una tradición la que nos recibe en nuestro nacimiento artístico. Es la tradición la que habla por nosotros hasta que tengamos algo de peso para decir. Ese magma inabarcable pero repleto de acciones concretas y sensatas (o dirigidas a un fin) es el que nos permite ver el mundo y hacer con él poesía, si nos cabe el sayo.
extracto de “Teatro, crítica y tradición”.
Categorías: saber hacer · teatro
Etiquetado: formación artística, teatro, tradición
En el proceso creativo existe un momento particular, un estado que experimentamos con emoción distintiva. Una sensación de maravilla, como si algo nos fuera entregado desde afuera. Tal vez la exterioridad de lo descubierto o comprendido responda a que la matriz de un nuevo objeto se ha diseñado de golpe en nuestra imaginación. Nos emocionamos con el hallazgo y es en la mente donde el hallazgo se perfila. Una visión que cada disciplina moldea con diferentes barros.
En el plano la nueva forma se arma con lo que uno ha puesto en el soporte y lo que aún no ha puesto pero se enciende, súbitamente amalgamado en la imagen mental. Oteamos el futuro de la obra con múltiples y sucesivas anticipaciones mentales. Luego habrá que dar cuerpo a las imágenes híbridas de la intuición y lo realizado. Lo concreto se impondrá con su dialéctica del límite y la contingencia. Así el artista hamaca su paso al vaivén de la síntesis y análisis de su práctica más llana. Algo va depositándose en la obra. Ida y vuelta entre mirada y acto hasta dar el punto final, tras el cual podrá venir la firma.
Los extraños tiempos del teatro pueden confundir el oficio del montaje con el motor de ese monstruo. Se espera con discreción supersticiosa el don que indicará qué acciones dejar en la trama, en el siempre de la puesta en escena. Porque montar es hilvanar un frankenstein. Amar un hijo de desarmadero sobre el cual pedir a los actores que descarguen sus rayos. Una fisiología de cartón, un ensamble crujiente en el circuito del atrezzo. ¡Prometerle a quien sea para que funcione la tormenta eléctrica de la escena, a la manera de los sueños que son sin ser nuestro paisaje habitual! Si esta cosa acontece sólo unas cuantas piezas habrán caído en el molde. Las otras, aún bellas, rebalsarán sin destino la boca del teatro.
En la escritura se intuye qué largo y qué sonido piden los huecos que aun horadan el texto. Entonces rastrear en la lengua las palabras que respondan a la exigencia y esperan en el cofre de nuestro vocabulario. A veces no hay y habrá que virar arriba o hacia atrás (según veamos lo escrito o lo oigamos) para hacer fluir la sal de un término que se había dormido en la anatomía textual. Porque no siempre es la intuición que raspa un vacío sino el malestar que escupe palabras, sonidos, asociaciones, lo que sea. Uno busca entonces mutilar el poema. Cortar por lo sano. Hasta donde la herida seque y la forma se autoabastezca de contenido. En los dos casos: ¡que el lector pueda prescindir de nuestra biografía y le baste repetir la letra para oír un sentido!
Categorías: salud mental
Etiquetado: arte, intuición, proceso creativo