¿Intuición?

En el proceso creativo existe un momento particular, un estado que experimentamos con emoción distintiva. Una sensación de maravilla, como si algo nos fuera entregado desde afuera. Tal vez  la exterioridad de lo descubierto o comprendido responda a que  la matriz de un nuevo objeto se ha diseñado  de golpe en nuestra imaginación. Nos emocionamos con el hallazgo y es en la mente donde el hallazgo se perfila. Una visión que cada disciplina  moldea con diferentes barros.

En el plano la nueva forma se arma con lo que uno  ha puesto en el soporte y lo que aún no ha puesto  pero se enciende, súbitamente amalgamado en la imagen mental. Oteamos el futuro de la obra con múltiples y sucesivas anticipaciones mentales. Luego habrá que dar cuerpo a las imágenes híbridas de la intuición y lo realizado. Lo concreto se impondrá con su dialéctica del límite y la contingencia. Así el artista hamaca su paso al vaivén de la síntesis y análisis de su práctica más llana. Algo va depositándose en la obra. Ida y vuelta entre  mirada y acto hasta dar el punto final, tras el cual podrá venir la firma.

Los extraños tiempos del teatro pueden confundir el oficio del montaje con el motor de ese monstruo. Se espera con discreción  supersticiosa el don que indicará qué acciones dejar en la trama, en el siempre de la puesta en escena. Porque montar es hilvanar un frankenstein. Amar un hijo de desarmadero sobre el cual pedir a los actores que descarguen sus rayos. Una fisiología de cartón, un  ensamble crujiente en el circuito del atrezzo. ¡Prometerle  a quien sea para que funcione la tormenta eléctrica de la escena, a la manera de los sueños que son sin ser nuestro paisaje habitual! Si esta cosa acontece sólo unas cuantas piezas habrán caído en el molde. Las otras, aún bellas, rebalsarán sin destino la boca del teatro.

En la escritura se intuye qué largo y qué sonido piden los huecos que aun horadan el texto. Entonces rastrear en la lengua las palabras que respondan a la exigencia y esperan en el cofre de nuestro vocabulario. A veces no hay y habrá que virar arriba o hacia atrás (según veamos lo escrito o lo oigamos) para hacer fluir la sal de un término que se había dormido en la anatomía textual. Porque no siempre es la intuición que raspa un vacío sino el  malestar que escupe palabras, sonidos, asociaciones, lo que sea. Uno busca entonces mutilar el poema. Cortar por lo sano. Hasta donde la herida seque y la forma se autoabastezca de contenido. En los dos casos: ¡que el lector pueda prescindir de nuestra biografía y le baste repetir la letra para oír un sentido!

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