2005 abril

TRES AVATARES

IV Jornadas resisdentes Psicología del Hosp. dR. D. Taraborelli, Necochea. 2005

Acerca de lo que puedo pensar sobre lo que hice. No recurro a las citas  aunque el intento no ignora que el  discurso individual está  abonado con  referencias e intertextos más o menos implícitos. Estas citas escritas o subterráneas  son determinadas pordeterminantes de la tendencia y sustancia de cualquier proyecto creador. La cualidad de presencia  y ausencia de  otras voces refleja el horizonte  que abarca y limita  el grado de autonomía  del individuo con respecto a  su propia escolarización.

Dice el diccionario que  avatar es cambio, vicisitud, transformación y también fase de una cosa. Me detuve a pensar las transformaciones de mi actividad  dentro del hospital en los casi cuatro años que llevo trabajados.

La formación con la que ingreso al Hospital es un tipo de conocimiento que no forma parte de los campos de saber tradicionalmente relacionados con una institución psiquiátrica.  Esta diferencia inicial entre mi preparación y los quehaceres hospitalarios despertó un interés que aún en sus mutaciones  sigue presente.

En un principio no pude distinguir etapas del trabajo hasta que empecé a distinguir con nitidez el tipo de producciones o cosas que hacíamos  diariamente, y junto a eso  volvieron a la mente las  preocupaciones y objetivos que acompañaron  las actividades. Al principio el  registro  era caótico pero de a poco se delineó un dibujo de lo que había pasado.

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El primer contacto de mi formación previa con la nueva experiencia puede enmarcarse en la aceptación de que ingreso al hospital dado lo que está acreditado que sé y que lógicamente avalo con mi discurso acerca de mis conocimientos.

Existe una imposibilidad (por lo menos momentánea) de confirmar o refutar la validez y el alcance de los discursos sobre el saber  mientras el mapa individual presente importantes coincidencias con el terreno en el cual  se espera que el agente trabaje. La escolaridad que los aptos administrativamente hablando tenemos echada sobre nuestras espaldas   nos acompaña como un traje de estratégica invisibilidad. En este sentido, y como en algunos procedimientos culinarios, la pieza de carne sellada,  la  apertura a algún tipo de hipótesis sobre la persona  contratada está cerrada.

A pesar de que mis primeros prejuicios acerca del enfoque o la falta del mismo   respecto a actividades artísticas terapéuticas se vieron en modo general  confirmados,  el hecho de haber hablado haciendo  dio sus frutos, en tanto la curiosidad o los desacomodos que provocaban mis  acciones me hacían  fundamentar ante los otros el por qué o para qué de una práctica. Es decir que  mencionar  el saber que había por debajo del hacer convertía mis intervenciones en un saber hacer que, en la medida que se hermanaba con los objetivos y tradiciones nodales del espacio de trabajo, eran progresivamente aceptados.

Se establece un acomodamiento de territorios de acción y decisión entre los otros territorios territorio y todo un enjambre de negociaciones  teje celdas en las que la libertad es plena mientras no haga turismo exterior. Así es, paradójicamente posible, un  espacio de libertad entre las regulaciones que toda institución supone.

Me refiero a la participación voluntaria o amablemente aceptada de las personas en tratamiento, tanto en el taller de plástica como en el  de teatro, aunque  en éste  en menor medida. Estas personas lograban una  producción   y  una  relación con las tareas propuestas. No se presentaban dificultades serias en cuanto a la aceptación de los marcos reguladores de las actividades y se mantenían relaciones de respeto y comprensión básicas hacia los demás y hacia uno mismo; todo esto en la medida de las posibilidades y voluntades individuales.

Durante esta etapa, como se dice en la jerga del teatro, hubo que salir al toro. Este salir a resolver un papel sin ensayo previo  es una herencia y una disposición técnica que deviene de la “pata” no académica de mi formación. Con esta particularidad  es que entré al hospital, pensando que la tarea más importante era traducir y adaptar todo lo que pudiera  mis conocimientos previos al asunto  éste de las enfermedades mentales,  para  facilitar el hecho de que algo de  lo artístico pudiera llevarse a cabo con las personas involucradas. Solución momentánea hasta tanto encontrara un lenguaje que me ayudara a preguntar para entender o viceversa.

En el ámbito concreto de las actividades continué  el taller de teatro ya existente en el Servicio, ampliando clases en la Escuela de Artes de Quequén. Participamos de los festivales organizados por el Frente de Artistas del Borda. Incluí dentro de las actividades del Servicio de Terapia Ocupacional un taller de plástica y colaboré en el taller literario que coordinaba una  terapista ocupacional. Empecé un taller en Hospital de día donde trabajé simultáneamente  con teatro, plástica y literatura. Y colaboré en la preparación de la revista Otras Puertas.

Por sugerencia de las terapistas ocupacionales llevé registro escrito de los encuentros detallando la planificación, la clase tal como se desarrolló, el desempeño de cada participante  e informes  varios. También yo comencé con los relatos orales acerca de lo que hacía y el por qué o el para qué.  Buscaba apuntalar un espacio concreto  para desarrollar mínimamente las actividades y para hacer circular la información que  aunque quedaba escrita nadie leía.

Una preocupación durante esta etapa fue cómo hacer para que lo producido a nivel objetos y a nivel vínculos  en los talleres saliera a la luz pública sin perder los marcos de validez conseguidos durante el trabajo. Me preguntaba con qué criterio definir expectativas de logros, cuál era el sustento y la legitimidad de un  modo de pensar el aprendizaje artístico no siempre compartido, de dónde provenía el mandato formal de registrar las actividades y supuestos progresos  y cuál era su ligazón con el resto de las tareas, cómo se medían los avances y qué se consideraba como tal, cómo relacionaba mi rol con los otros roles del Servicio y del Hospital. Como imagen, esta etapa estuvo signada por el adivinador ya que confiaba en que las respuestas o  pistas se abrirían ante mí, ni bien tuviera el  tino de acomodar las piezas en la forma adecuada.

Uno convierte lo que se presenta en acertijo y a partir de ahí se empieza a buscar con variadas técnicas el manual o reglamento del juego en el cual uno quiere tener una carrera decente. Las reglas existen pero no siempre se acomodan coherentemente entre sí o, el acertijo expande sus términos al punto de convertirse en un mapa con grandes extensiones inexploradas. Ante este problema de navegación, se ancla en el territorio que conquista el contrato con el estado y sus representantes. O si se tiene cierto espíritu aventurero, o si pica la llamada vocación de servicio, uno se repliega en su quinta y comienza a superponer el propio mapa registrado durante su formación previa  a las extensiones desconocidas de ese otro lugar plural y vasto. Se comprueba que, si se puede fundamentar sabiamente, se habilitan espacios para la práctica, que si se desea pueden virar en praxis y contactos fértiles  con otras personas.

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Luego de un año de trabajo y habiendo recolectado cierta información  sobre temas específicos   comencé a diferenciar algunas  “melodías”  de la  banda sonora  del Hospital. Música no siempre armoniosa aunque  sí contundente.

Se me hizo evidente  que otras  concepciones  actuaban en los mismos escenarios y que las motivaciones por las cuales nos hallábamos reunidos podían alejarse sideralmente de la temática de la salud mental, por no decir del arte con relación a la misma. Aprovecho el margen de acción que tengo dentro del Servicio para experimentar ya que a nadie parece preocuparle cómo fundamento mi práctica. Los talleres y actividades que coordinan o proponen las terapistas  no  crecen como proyectos más que nominalmente. Percibo en estas profesionales y en las enfermeras cierto nivel de queja y diagnóstico negativo acerca de las posibilidades de mejora de los pacientes psiquiátricos. En este marco la novedad de las clases artísticas produce  movimiento y participación de los pacientes que neutraliza los comentarios acerca de la apatía y discontinuidad  atribuida a los pacientes. Pero se indaga en las causas posibles de estos efectos  y se desestiman todas las propuestas que planteo si requieren de parte de las terapistas y enfermeras de un compromiso  distinto a los ya asumidos.

En esta etapa sucedió que las prácticas específicas de talleres se fueran asentando como rutinas propias del servicio y que la asistencia a las actividades se hiciera regular y medianamente estable. También que fueran  convirtiéndose en preguntas las dificultades que  tenía o se me presentaban.

La disonancia mas evidente de este momento se produce entre los objetivos declarados por el Servicio y la Institución hospitalaria para con los pacientes y las prácticas concretas que les proponen.

Intento sustentar las actividades de los talleres preservando un enfoque de lenguaje artístico y no sólo de recreación o decoración artística, aunque por el momento no tengo marco conceptual que  relacione de modo sustancial arte y “locura”. Esta ignorancia guía una serie de lecturas  acerca de enfoques sobre  salud mental e historia de las instituciones afines.

Las actividades son básicamente las mismas y se intentan circulaciones de las obras en diferentes formatos culturales antes de que se sumerjan en la desmemoria material y simbólica. Al deseo de encontrar un colectivo de estudio y debate sale la posibilidad de integrar la recientemente formada Red de Arte y Salud Mental en la que participan también profesionales del Servicio. En el mismo sentido existe un acercamiento con profesionales de otros sectores de la Institución. Participo  en las Primera Jornadas de Residentes con un artículo  escrito para la ocasión. Surge el interés de pensar un proyecto de investigación en colaboración con un Licenciado en Psicología, residente del Hospital.

La imagen de dos caminos paralelos, el del hacer y el del pensar. Las diferencias sustanciales que se pueden ver día a día entre lo que se propone desde un discurso  explicitado y las prácticas concretas que se llevan adelante. Se opera en sujetos que están interviniendo y están siendo intervenidos a su vez  por otras prácticas. Muchas son resabios de logros o experiencias de un discurso sobre una realidad histórica pasada. Resabios que como los fósiles son aún ese organismo del pasado aunque  su estructura actual ya no está (no podría estarlo de ninguna manera) irrigada por los antiguos deseos o inquietudes, ni tan siquiera por las tendencias de moda de aquel entonces. Sin embargo, estos productos del pasado más o escasamente lejano, modelan  formas de hacer, imponen sin querer un protocolo que  se injerta en  los pasos y sentidos previstos de ese conjunto de procedimientos que la práctica supone.  Conjunto de pequeños mandatos que nadie organiza en un nivel superior ni nadie cuestiona. Se repiten como estereotipos, fueron en su momento  una metodología que respondía seguramente a una visión conceptual determinada. Pero que en el momento actual están desguazadas de las originarias hipótesis. Sobreviven gracias a la fuerza del hábito y la labilidad de las voluntades que convoca. Un subproducto del pasado que morbidiza los efectos  y contra el cual es difícil oponerse en lo inmediato dada la automatización y la identificación que nos produce.

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En esta fase la estructura de los talleres comienza a decaer desde el punto de vista del modelo explicitado en el servicio. Dejo de sostener una grupalidad y objetivos de resocialización  tal como es requerido formalmente. Sin embargo no quedo inactiva sino que  continúo con los talleres y me concentro además en hacer producciones con algunos de los pacientes que expresan un interés singular hacia lo artístico. Asiento y puedo explicar un primer marco en base al cual pensar el trabajo con pacientes. Defino para mi misma tres dimensiones de la práctica desde donde pensar las propuestas: fenómeno, andamio y  manager.

La distancia entre lo que digo, lo que me propuse y lo que sucede, impulsa a  crear técnicas  para acortar y-o  interpretar esa distancia.  Estas técnicas de supervivencia del   prestigio que hayamos podido y querido conseguir  nacen y  se aplican  al calor de la batalla por afirmar o conquistar una posición. Aunque parezca que no, y aunque uno no lo sepa, lo que decimos y lo que dejamos de decir acerca de nuestro saber específico es parte de las habilidades del juego.

Las técnicas se aplican siempre al calor de la batalla y delatan modos, rasgos y elementos que conforman un propio decir acerca de la realidad.

La actividad realizada en Hospital de día cae definitivamente luego de haber tenido un desarrollo interesante. Existen serias dificultades para sostener la continuidad de proyectos  y el seguimiento individual de los talleres se ve limitado por la dinámica propia del tránsito institucional de los pacientes  y  la ausencia de espacios interdisciplinarios.

Surgen interesantes espacios en los que participo, tales como acompañamiento terapéutico desde un enfoque psicoanalítico y la coordinación del taller  de radio junto a una terapista y con  supervisión de residentes de psicología. También se organiza  desde el Servicio de Terapia conjuntamente con el Centro de Promoción Social un encuentro   en Mar del Plata donde se exponen obras realizadas en el hospital y se realizan talleres y debates. Presento en las Segundas jornadas de residentes un proyecto de investigación junto al Licenciado Luis Barragán. Coordino un taller literario  abierto a la comunidad que funciona en el espacio físico del Hospital de Día, surgido de la iniciativa  de un grupo de escritores necochenses.

Pareciera que  las formaciones escolares que nos definen no proveen un conocimiento acerca de la necesidad de mantener   una elaboración analítica entre lo que se hace y lo que se explica que se sabe. Elaboración que evitaría el distanciamiento de esos dos modos de operar y pensar un conocimiento sobre determinada realidad. Esta carencia de formación acerca del vínculo entre un saber y un saber hacer está frecuentemente suplida por la voluntad de  autoformación de alguno que se propone  cierto nivel de cambio en el ámbito que le compete. Pretensión de cambio que si se profundiza (y esto me parece de vital importancia para que los éxitos no se conviertan en estereotipos a ser repetidos como fórmulas sobre realidades que necesariamente han variado) conlleva un análisis de las causas reales que incidieron esos cambios o movimientos, más allá de las motivaciones singulares (y hasta aquí  llega la ilusión causa-efecto de cualquier actividad en la que participen dos o más sujetos)   que  estuvieron en algún punto de sus inicios. Por otro lado desde el espacio colectivo la elaboración analítica del desempeño profesional   suele ser escasa  y no hay revalidación de una idoneidad, acreditada académicamente o no.

No se me escapa que las razones por las cuales se hace una carrera o se acepta un trabajo pueden no coincidir con una vocación de servicio social. Esto no tiene nada de malo, a menos que nos metamos en el tema de la particular explotación en campos culturales  donde   las definiciones simbólicas acerca de cómo es y cómo debería ser la realidad condicionan las metodologías y a través de ellas a las posiciones más o menos privilegiadas dentro del mismo.

Quiero decir que siempre, a pesar de las distintas razones que se puedan tener para hacer tal o cual cosa, el modo de hacerlas está teñido por una multiplicidad de factores e intereses. La formación, el formarse, el darse y ser dada la forma a uno está en juego pleno cuando las acreditaciones escolares acerca de un saber  nos habilitan  también para hacer algo que está predeterminado y debemos aprender a actualizar en las coordenadas puntuales por las que nos pagan.

Si la regulación de una ética vital no es lo suficientemente frondosa como para llegar a los fundamentos de nuestra profesión, el  mero discurso acerca de un pensamiento que se supone que uno garantiza puede sobrevivir intacto en esa especie de burbuja que se forma con facilidad en el lenguaje.  En el espacio social siempre hay lugar para enunciar un discurso del mundo por un lado y para la refutación o la ratificación de su corolario en el orden de las acciones que nos enlazan responsablemente con los demás, por el otro. Según las cosas estén dadas esos dos espacios  pueden superponerse, anularse o contradecirse. El modelado particular  que haya adquirido refleja también el uso que el colectivo hace de un sistema de valores cuya vocación de universalidad  pone en cuestión, subvierte o avala bajo  distintos grados de apertura y transparencia.

Laura Lago

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