2007 diciembre

LOS LENTES DE PLATA DEL LENGUAJE

Mesa redonda de Arte y psicoanálisis en el marco de la muestra “La(S) Obras del arte” del taller de arte de la casa de Pre Alta.

Centro Cultural Islas Malvinas. Diciembre de 2007, La Plata.

Resulta que yo insistí en que a esta mesa se sentaran y hablaran los que hacen los talleres de arte de la Casa de Pre Alta. Pienso que si finalmente hoy están aquí es por que quieren, por que les interesa algo como a mí -hablen ahora o callen para siempre-, decir lo pensado acerca de la práctica cotidiana. También pienso que éste es un acontecimiento que jerarquiza el rol del docente de arte y eso es definitivamente algo para reconocer.

Lo hice, insistir, por convicción y por haber estado, sé lo que es, en el lugar del ninguno, puesta ahí tanto por otros sectores profesionales como por los propios pares a veces, incluso. No traeré a esta mesa las elucubraciones que hago sobre los sitios en los que a otros les aprieta el zapato, pero sí traeré las etiquetas de necesario y comienzo para este intercambio que deseo iniciemos entre todos.

No puedo dejar de mencionar que es en este ámbito discursivo donde estoy más cómoda para presentarme hablando, me refiero a la cuestión del psicoanálisis como mirada -una más- a los asuntos del arte y la salud mental. Sé que en definitiva no sabemos (no sé) a ciencia cierta de lo que hablamos (hablo) cuando decimos arte, psicoanálisis. Pero sé a ciencia especulativa (y aquí el arte puede hacer su entrada en tanto su ciencia es de carácter heurístico) que estas palabras yuxtapuestas encienden alguna chispa que recorta la sombra que nos hace de fondo, a veces, que a veces nos habita (¡y pensar que sólo pretendo hablar de lo laboral!)

Reconozco y agradezco a Alberto[1] haberse dejado insistir para formular esta mesa en ésta su forma actual. Agradecer y reconocer (tanto pública como privadamente) por mucho que se pretenda dejar caer del lado de los movimientos superfluos o lame trastes de los encuentros sociales, siguen siendo para mí estímulo para el autoanálisis. Por un lado, un extremo, saber qué del otro me permitió un avance, un descanso, un despabilar, un alivio, una corrección, es leer como en invertido el sitio propio donde algo faltaba o sobraba. Por otro lado, hacia el final del abanico nadie nos define mejor que el enemigo, ni nos mira con menos obsecuencia que aquel que no nos quiere bien. Otra vez, para uno mismo, ese ácido del acto o del dicho de aquel a quien no agradamos toca heridas, cicatrices o zonas blindadas difíciles de mirar por placer, por motus propio.

Conocer es transformación, más que instrucción, más que erudición, más que malabar con lo ajeno. Hay conflicto en conocer, siempre excede a nuestras fuerzas del momento, a nuestra voluntad del momento (no hay otra voluntad que no sea la inmediata). Sólo la ilusoria zanahoria de una pasión puede movilizarnos como al burro del dicho popular, a permanecer tres horas en puntas de pie atisbando hacia el escenario de nuestro cantante favorito, a soportar con romántica retrospectiva tres meses de viaje en barco, a escribir estas palabras con sueño, después de unas semanas agotadoras, detrás de un afiche (único blanco a mano en el caos de la casa), suspendiendo incluso el baño y el almuerzo.

Cuando pensaba acerca de qué decir en esta ocasión, me detuve a pensar que aunque esta muestra de las producciones de los talleres tenía un nombre: laS(…)Obras del arte, y cada taller había bautizado sus obras particulares: La revista Eternos caminantes, la obra de títeres “¿Habrá muchas calas?”, la dramatización “¿Que sería de Julieta sin Romero?”, no habíamos hecho lo mismo con el conjunto de pinturas, dibujos y colages que se exponen. No es muy importante este hecho para el presente de la muestra, mas bien habrá que recordar esto en la próxima exposición y crear unas condiciones que permitan a los expositores llegar a la pregunta por el nombre de la cosa. Pero esta falta de título fue el juguete con el que empecé a reflexionar otra vez sobre el punto candente de : ¿qué puede ofrecer la actividad artística a mediano o largo plazo, a aquel que la realiza con el objetivo inmediato de hacer una mancha, una figura, una pegatina? Por supuesto que es terreno de hipótesis, tal vez ratificable en uno mismo, pero difícilmente probatoria cuando se tratar del otro, del tallerista o alumno en este caso. Sólo el recorte de un campo de investigación podría dar unas coordenadas de objetivación de algunos efectos o cambios. Por ahora se trata de encontrar en el basto mar de los temas que nos ocupan aquello que discernimos como reiterativo-distinto en la experiencia y las referencias conceptuales que nos enmarcan más o menos concientemente. Así fue que en un salto de los típicos del pensamiento creativo (no es que sea brillante sino que soy simplemente humana) vino a mi mente un verso de un poema escrito en el taller de letras del Hospital Neuropsiquiátrico de Necochea (recuerdo de paso a Arturo Serrano, Alfio Mastrángelo y otros amigos escritores como Matías aquí presente que también participó de aquellos encuentros que aun hoy perduran). Bueno, como la coordinación era entre varios todos podíamos escribir, así este poema al que aludo tomó forma, y lo entendí casi todo desde el vamos. Sin embargo un verso, aunque me sonaba bien, escapaba al sentido, no me lo podía explicar. Pero me gustaba, no tenía el impulso de corregirlo, de pulirlo, no había en su sonoridad un demás o de menos que hiciera ruido. Pero no lo entendía, lo que las palabras como significación pueden dar permanecía para mí, que lo había escrito, en una cómoda mudez absoluta. Así fue hasta que caí en la cuenta de la falta de título de la muestra plástica y vino a completarse o revelarse algo de la razón de aquel verso escapista. Voy a leerles todo el poema ya que no es muy extenso:

No te digo saber la mecánica del automotor,

poco sobre la historia del deporte.

Pero cuando me quedaba sola

me interesaban los árboles:

dos ciruelos.

El más frondoso daba ciruelas amarillas.

El otro, algo achaparrado, unas oscuras bolas llamadas remolachas.

El juego iba y venía sobre cómo poner

la muñeca reina de modo que las

opulentas y afiligranadas diminutas flores frutales

crearan en mi contemplativa imaginación un castillo paradisíaco

de goce visual.

En mi fantasía infantil el barro era

un mar de generoso chocolate;

y un dedal la prueba irrefutable del tesoro.

Ahora veo el pasado con los lentes de plata del lenguaje,

las hebras de las antiguas joyas

tejerán hasta el final

el tapiz de mis arbolados días.

“…los lentes de plata del lenguaje”

Pienso que el pasado es demasiado pesado, denso, para verse directamente; no puede mirarse sin algún aparato, artefacto. Y no me refiero al pasado como novela familiar solamente, sino al pasado de cualquier acto, del movimiento del pincel tomando la materia antes de apoyarse sobre la hoja o la tela o el muro. Los lentes son un instrumento para mirar de cerca, de lejos, para proteger los ojos, para esconderse o disimular (que viene a ser lo mismo), para quitárselos, como me sugiere acá Lucía.  ¡Fundamental poder quitárselos!  ¡Edipo se tuvo que quitar los ojos directamente! Aunque habría que preguntarse hasta dónde podemos quitarnos los lentes simbólicos… hay una cierta violencia contra el ojo y el oído que no tiene vuelta atrás, propongo pensar en otra ocasión. Bueno, lentes de lenguaje entonces, el lenguaje como instrumento, artefacto, para mirar, el arte es un lenguaje, al menos es un lenguaje, al menos pensándolo como lenguaje es posible decir algo acerca del arte. En otra instancia se podrá hablar de aquello que en el arte escapa al lenguaje, lo que no es lenguaje, lo que está más allá de eso.

De modo que ese verso escrito tiempo atrás pudo ser escuchado por mí recién ahora, en todo su, digamos, esplendor. Pero me seguía sobrando la plata (dejemos el chiste para otro momento) y entonces pensé: la plata no es el oro, con el oro se adorna, se reviste, se hace un lujo siempre superfluo, el oro es blando para construir herramientas no es un buen metal para eso. Sí la plata, tan usada por los artesanos, puede servir para ciertos instrumentos, es un poco más dura. Pero aún queda ese enigma para desandar.[2]

El valor que pueda tener insistir con el taller de arte en una institución del tipo que nos ocupa está para mí íntimamente relacionado con la idea de los lenguajes que las distintas disciplinas regalan a quien las usa. Es una actividad que tiene un fin en sí misma, esos objetos ahí colgados, ahí plantados, ahí registrados y un valor póstumo o postrero posible como instrumento desde donde revisar, re–visar el mundo.

Laura Lago

[1] Debo recordar que el Licenciado Alberto Justo había propuesto  una conformación exclusiva de panelistas psicoanalistas con cierto conocimiento del arte, fundamentando su decisión en la necesidad de evitar que las obras expuestas fueran leídas como producciones de enfermos mentales de los talleres de un hospital psiquiátrico. Ante este argumento opuse el mío de reconocer públicamente la realidad y el valor de obras efectivamente hechas en un marco de taller hospitalario. Y rescatar así  la palabra taller como  tesoro del arte y el particular enfoque llevado a la práctica de los talleres, en clara oposición a la mirada deficitaria o caritativa con los “enfermos”. De ésto darían cuenta  justamente, lo trabajos leídos por panelistas docentes de los talleres de arte del la Casa de Pre Alta

[2] Al final de la mesa, Andrea Perdonia (Psicóloga y psicoanalista) realizó comentarios puntuales a lo leído y dicho en la ocasión. Uno de ellos fue en referencia al significante plata, donde traía la asociación de este metal establecida por los alquimistas con el astro lunar. La equivalencia de la luna aporta el significado de reflejo de la luz solar, que así se vuelve a la vez perceptible y fisiológicamente soportable para el ojo.

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