2008 septiembre

CAJA DE SORPRESAS

VIII ENCUENTRO DE LA RED NACIONAL DE PROFESORES DE TEATRO y II FORO INTERNACIONAL Rosario, 2008.

  • Caja Hospital

Trabajo como coordinadora de los talleres de plástica, de teatro y de letras conformados por pacientes externados o en vías de externación que concurren a la Casa de Pre Alta. Esta Casa se auto define como  centro especializado dependiente del Servicio de Externación Hospital “Dr. A. Korn” de Melchor Romero, donde se asisten personas con padecimiento psíquico de larga evolución, y de bajos recursos socioeconómicos. El tratamiento es interdisciplinario: tres médicas psiquiatras, dos psicólogos, una trabajadora social, dos terapistas ocupacionales, una secretaria, una profesora de juegos dramáticos y cuatro enfermeros comunitarios. Hay actividades de consultorios externos, atención domiciliaria y talleres. Se procura romper el círculo de la cronicidad, favoreciendo nuevos lazos sociales,  elevar la calidad de vida de los pacientes y su  integración socio- comunitaria. La Casa lleva veinte años ofreciendo este servicio en la ciudad de La Plata, a ha llegado a ser un lugar de pertenencia para las personas allí atendidas, donde pasan gran parte de su tiempo realizando actividades de talleres, recibiendo contención, alimentándose, realizando actividades recreativas, o simplemente pasando el tiempo libre.

  • Caja  Talleres de arte

La finalidad del taller es la promoción del lazo social de cada uno de los pacientes participantes, mediado por el discurso del arte, sus objetos y los circuitos propios de esta actividad. Participa todo aquel que manifieste un interés artístico y/ o estético así como de aquellos que se inclinen por la vertiente más recreativa y social de los mismos. La cantidad de integrantes se plantea en relación a la capacidad operativa  de la coordinación, siendo actualmente un grupo entre 8 y 14 pacientes promedio. En todos los casos el alumno-tallerista se enfrenta con el aprendizaje de conceptos, procedimientos y actitudes propias de cada disciplina y se contemplan  proyectos artísticos personales y  estrategias para que  puedan llevarlos a cabo.

El taller es una práctica hospitalaria atravesada por la problemática de lo que vulgarmente se conoce como locura. La persona que se interna es vista a través de múltiples disciplinas: la psiquiatría, el trabajo social, le enfermería, la medicina generalista, etc. Todos tienen su  “loco” definido que orienta a su vez las intervenciones que se deciden, y no podría ser de otra manera. Dentro de esta polifonía de la caja hospitalaria, el taller  se hace eco de la mirada que el psicoanálisis tiene sobre el paciente psicótico. Esta mirada va en una dirección diferente a la  rehabilitación de los enfermos mentales. No  se piensa el dispositivo de taller   para corregir, rehabituar y adaptar al paciente a los cánones de una normalidad según la cual es deficitario. Los talleres apuestan al surgimiento de lo creativo donde  algo de lo subjetivo debe darse. Este diferente posicionamiento (aunque no excluyente de todos los otros) está  fundamentado en el concepto de arte con el que pensamos la práctica.

Según lo entendemos en la actualidad, el arte está atravesado por la herencia de las vanguardias que pusieron en el tapete de la elaboración teórica la  estructura ficcional de la realidad. Asímismo  de la ruptura del matrimonio entre lo bueno y lo bello, cuya prole del buen gusto rige todavía  ciertos horizontes de expectativas, surgieron y se re categorizaron infinidad de procedimientos creativos.  Estos nuevos procedimientos ingresaron al mundo del arte autorizados por un saber hacer que, más o menos explícitamente,  sustentaba la concepción del artista como aquel que hace de su vida una obra y no como aquel que necesariamente profesionaliza su actividad con fines comerciales y o corporativos. La transmisión y finalidades del saber hacer artístico se vieron, como necesario correlato, profundamente modificadas. La educación por el arte, las terapias mediadas por alguna práctica artística, el arte aplicado a la cotidianeidad son hoy moneda corriente de nuestro paisaje mental. El arte es una dimensión  humana donde los parámetros estéticos ya no se regulan por el buen gusto, ni la bella forma Es algo mas que la adquisición de destrezas y habilidades, es algo mas que un medio de  refinamiento  perceptivo del entorno, mas que un soporte para formalizar la expresión individual. Algo más  y nada menos que.  El arte, como dice Lotman es un lenguaje de modelización secundaria, algo que se crea por sobre la lengua natural, pero que está encadenada a su propia génesis. Por eso este lingüista hace hincapié en que es propio de la condición humana y no solo de los artistas  sancionados como tales en determinado contexto histórico. Ese segundo nivel en que ubicamos el sistema del lenguaje artístico  es el lugar donde  la combinación de los recursos  simbólicos  puede hacerse liberado de la obligación de coincidir con el principio de realidad. Por eso es  laboratorio  de ficciones, metáforas que aluden a las escenas de la realidad compartida. Tanto las poéticas del realismo, como del surrealismo, como del absurdismo son alusiones a la realidad, mas allá de los diferentes grados de ilusión referencial con las que trabajan.  Esta concepción orienta y amplía las posibilidades de ponderar lo que en el taller se produce. Pero si es algo más o tiene otras dimensiones, habra que demostrarlo. Si esa diferencia puede influir o gravitar en los fundamentos de un taller de arte habra que definirlo. Trabajar desde lo conceptual desde esos interrogantes para interpretar la propia práctica  como coordinador es un camino hacia la formalización.

Los contenidos  que se despliegan en un taller de arte pueden ser un recurso en el tratamiento. Recurso que la institución puede optimizar a condición de que sea el propio paciente el que haya enlazado algo de su interés en  el taller artístico. No debería imponerse ni  plantearse esta actividad al paciente como requisito para que demuestre que se adviene al tratamiento que desde la institución se le propone, ni como condición de ningún tipo. Lo que no obsta para que los informes sean tenidos en cuenta para los seguimientos y eventuales estrategias de intervención. Tampoco creemos beneficiosa para la representación que el paciente puede hacerse de su rol en el taller la idea ocupación versus no hacer nada.  Ya que en todos estos casos explícitamente o implícitamente  el profesional  demuestra un cierre  respecto a las expectativas de logro del paciente. (Ver tema deseo como causa) En esos casos, según mi experiencia, ante el primer inconveniente,  es la actividad del taller la que se deja caer desde lo institucional, perdiéndose así una posibilidad de lazo que, muchas veces el paciente está dispuesto a sostener pero se le hace imposible desde la dinámica institucional en su vertiente manicomial. Sin embargo hay que contar con que el taller es parte de un conjunto de espacios por los que pasan los pacientes. Aun con estas dificultades el taller es parte de un trabajo en equipo. Hay un saber clínico que se desprende de la experiencia, que dice que para tratar a estos pacientes psicóticos lo mejor es el trabajo en equipo. El taller aporta una mirada y una práctica específica hacia el paciente, ni en desmedro de  ni  subsidiaria de otras. Sino valorizando el espacio-taller como posible anclaje de un vínculo paciente/tarea/los otros/el afuera.

Sin ahondar demasiado puede decirse que en la psicosis el lazo social está empobrecido, y  cuando se establece suele ser de signo negativo, persecutorio, injurioso. Esto último por regla de estructura. Pero también es innegable que más allá de las dificultades de estas las personas, se establecen vínculos. Y es la existencia  de este vínculo lo que hace posible pensar un tratamiento o una intervención del tipo de  taller. La posibilidad vincular habla de un espacio transferencial, lugar premisa para construir un artificio, un lazo social, una inserción que le permita vivir con otros, por fuera de la lógica hospitalaria. ¿Pero qué es la transferencia? ¿Y por qué es necesaria en un taller de arte con pacientes? En principio es Winnicott el que ha definido  y descrito el primer espacio transferencial del ser humano.  Al comienzo se es absolutamente dependiente de la madre, o quien se halle en su lugar. Existe  una relación ilusoria de omnipotencia, ya que la madre suficientemente buena acudirá con su pecho (la crianza) en el momento en que el bebé esté necesitando crearlo. Luego hay otro momento donde el bebé deposita en algún objeto (una manta, un canturreo, etc.) la representación mental de la madre (todo lo que significa para él). Así, cuando la madre real se ausenta, el bebé sigue logrando la representación (la existencia) de la madre al manipular o repetir  ese objeto. Estos objetos cargados  de afecto permiten una cierta autonomía del bebé, sin restarle la seguridad que la cercanía materna le ofrece. Con el desarrollo evolutivo  otros objetos aparecen, se multiplican. Se amplía la capacidad y alcance de acción del bebé, y su tolerancia a la frustración que le produce el retiro materno. Estos objetos singulares  se crean dentro de un espacio/tiempo particular, llamado por Winnicott fenómeno transicional. Una zona intermedia entre la madre y el bebé donde la prueba de realidad (qué es lo que está afuera y qué es realidad psíquica) no está aún establecida. Sobrevive, aunque mediada por objetos, la ilusión de unión, de continuo. En este momento del desarrollo esta sensación de comunión es  necesaria para que el bebé crezca en un ambiente de confianza donde, progresivamente irá pasando a un espacio de juego. Establecido el espacio de juego, el otro  (la madre y otras figuras progresivamente) podrá  superponer su propio espacio de juego, en una dinámica de encuentro y elaboración mutua.  En este espacio de juego es donde surge claramente el lazo social. Winnicott menciona el juego como productor de salud. Progresivamente el  espacio de juego abrirá su horizonte hacia el campo de la cultura. El taller de arte  un espacio de juego donde se reeditan  (¿o editan?)esas primeras creaciones y mucho de su continuidad depende del grado de confianza que se pueda lograr, para que el sujeto se exprese y  recree objetos significativos para su persona.  Como dice Winnicott: “Una zona intermedia de experiencia que no es objeto de ataques (las artes, la religión, etcétera)…no discutida respecto de su pertenencia a una realidad interna o exterior (compartida) (que) se conserva a lo largo de la vida en las intensas experiencias que corresponden al arte y la religión, a la vida imaginativa y a la labor científica creadora” (página 32, ob.cit.).  Más adelante el autor define a  la psicoterapia como la “superposición de dos zonas de juego: la del paciente y la del terapeuta.  Está relacionada con dos personas que juegan juntas. El corolario de ello es que cuando el juego no es posible, la labor del terapeuta se orienta a llevar al paciente, de un estado en que no puede jugar a uno en que le es posible hacerlo” (página 61, ob. cit.)

Es entonces, este espacio intermedio, la condición de posibilidad tanto del psicoanálisis o psicoterapia, como del arte. Y el ámbito necesario para una práctica transformadora, creadora, creativa,  mediada por los objetos discretos y procesuales del arte.

Otro autor, desde el estudio cultural del hombre, Johan Huizinga[1], ha descrito el juego y sus elementos. Sobre la base de estos conceptos pensamos la didáctica posible del taller. Parte de la premisa de que la cultura nace y se desarrolla jugando. Caracteriza el juego como una actividad libre y voluntaria, donde se asume concientemente un “como sí”. Una actividad que se percibe como aparte de la vida corriente y cuya realización no persigue otro fin que el placer que produce hacerla. Que instaura un orden propio sometido a reglas intrínsecas, en un determinado espacio, y tiempo. Una acción que se percibe como creación, rítmica y armónica, repetible y transmisible. Que involucra una tensión, una incertidumbre y la cuestión del azar, lo impredecible, lo espontáneo. El juego instala una ética interior donde la inventiva del jugador es la que se estimula y pone a prueba. Una actividad que genera vínculos de pertenencia e identidad que tienden a perdurar más allá del tiempo destinado al juego. El entusiasmo que puede generar el juego es, además, lo único que justifica que uno invite al taller a personas que no han manifestado un gusto particular por la creación artística. Es lo que permite que una invitación aceptada por compromiso, temor o especulación se torne de repente en continuidad y fecundidad creativa. El juego es voluntario y mientras la opción a no entrar o dejarlo figure en el currículum real se puede contar con un mínimo de asistencia y atención donde echar los dados cargados del plan de clase diario. Desde el juego hacia las producciones, la obras.

Pero lo que llamamos una obra de arte es un objeto complejo presentado a través de signos convencionales que varían por estilo o genero, tiempo histórico, geografía, cultura, disciplina, tradición, etc. Estas convenciones son también contenidos a ser aprendidos, que se destacan por su función de comunicar a un tercer participante de la experiencia (el espectador) las coordenadas  elementales para comprender o mirar los hechos que se han seleccionado. Este tipo particular o este uso particular de signos que enmarcan, recortan, exponen un conjunto de otros signos son necesarios tanto para diferenciar el objeto de la ficción como para abordarlo en su proceso constructivo Estos signos hacen los limites materiales del mundo de ficción que se vuelve así manejable (repetible y objetivable) por los creadores y por los observadores. Este orden que la obra se da a sí misma permite que la selección del material expresivo y concreto que lo integra esté a disposición de la comunicación social. Estos acontecimientos particulares reunidos en un orden singular son los que constituyen la  ficción misma y como tales remiten a un espacio y a un tiempo diferente del cotidiano.

Inaugurar espacios de trabajo donde el objetivo sea crear las condiciones para que un grupo y cada uno de los integrantes prueben hacer una obra, recortándola del tiempo espacio cotidiano y presentándola como hecho concluido y repetible es expectativa de logro elemental sobre la cual se podrán profundizar otros temas.

Pero además existen  otras cuestiones que se le plantean a un coordinador de un taller dirigido a personas diagnosticadas como esquizofrénicos con rasgos psicóticos, e institucionalizados o cronificados en distintos grados. Y es la cuestión del sujeto. ¿Cuál es el sujeto al cual dirigimos nuestras intervenciones y planificaciones, y sobre el cual deseamos ciertos efectos? Ya que la intencionalidad es parte de la cuestión docente,  seamos o no conciente de ello. Nos interesa una concepción del sujeto  (o  de la no-constitución del mismo)  planteada por el psicoanálisis y que orienta el rol del coordinador en un sentido eficaz para mantener una buena vinculación con el paciente. Me refiero a que para el psicoanálisis el sujeto es sede de un saber, un saber  compatible con la realidad compartida o un saber delirante vivido como certeza absoluta en el caso de la psicosis.  Pero así y todo, el esfuerzo de la clínica psicoanalítica es escuchar lo que el paciente tiene para decir y maniobrar desde  las distintas posiciones subjetivas que el dispositivo analítico pone en juego, para pacificar, estabilizar, recomponer o  constituir al paciente como sujeto. No lo  considera, como la psiquiatría clásica en una perspectiva deficitaria  con criterios generales de tratamiento único, sino desde el reconocimiento de un sujeto que ha hecho un arreglo mejor o peor, más o menos aceptable para la sociedad, con aquello  que lo perturba.

En el taller no se interpreta salvo en aquellas ocasiones en que un psicólogo o psiquiatra afín al marco del taller trabaja en conjunto con la coordinación. Pero sí puede  pensarse siempre el taller en función  de cada paciente, observando su recorrido, poniendo a disposición la infinidad de procedimientos y combinatorias, que la historia del arte aporta como tesoro de su propio lenguaje. Para incluir lo singular de cada caso en un registro diferente al de la mirada manicomial. Abriendo un registro del orden del discurso del arte, donde como decíamos más arriba no hay  bueno/ malo, bello/feo, normal /anormal. Sino adecuación forma /contenido  en intra comunicación, y eventual intercomunicación de los objetos producidos

En el hospicio los locos son desechos. Están atrapados (dichos y hablados) por el discurso psiquiátrico manicomial. En este panorama otras miradas como la del arte pueden aportar a crear un espacio/tiempo/tarea que apueste por el surgimiento de una subjetividad. Jerarquizar esos espacios  se impone como urgente para que puedan retomarse los efectos de esas prácticas. En pos de construir artificios, lazo social, inserción que le permita vivir con los otros, sin la alienación a la que su perturbación lo condena por estructura. Esto implica trabajar en concordancia, estableciendo coordenadas necesarias para  un tratamiento, para que los efectos sean duraderos. Un estar atentos a los signos de un movimiento subjetivo, para poder tomarlo, derivarlo en otra tarea si es necesario. Tener como vía de trabajo la transformación del propio dispositivo, inventando  vacío donde pueda alojarse algo del otro. Intentar entonces el juego, primera simbolización, cosa ya de lenguaje, una superposición de terrenos, una realidad compartida.

Entender el arte como lenguaje  puede aportar como herramienta de comunicación,  como discurso donde el que dice no es visto como loco/ enfermo/ deficiente sino como artista/ autor/ alumno/ tallerista / pintor /actor haciendo un lazo social  diferente al  manicomial.

Laura Lago

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